Las cosas pierden identidad cuando él las toca, cuando él las visita,
cuando él existe cerca. Mi subjetividad y mi imaginación habían hecho un pacto
diabólico para volverme completamente loca. Necesitaba verlo nuevamente, pero
como una droga: por el momento estaba satisfecha, no quería pedir más, no
quería tener una sobredosis (ni pecar de gula, en todo caso). Eso es: una droga. Necesito, me da. Necesito, me da. Necesito, no esta. ¿Qué hago?
Necesito. ¿Y qué más? Necesito. Necesito. Abstinencia: crisis de llanto,
electricidad, me muero (acto fallido: escribí “muero” en lugar de “duermo”). Aclaro, no pienso eliminar mis fallidos, que
son más interesantes que mi historia y que cualquier cosa que mi consciencia
pueda recordar. Entonces, mi inconsciente me dice que me muero, probablemente sea
cierto. Y cuando estoy casi dentro del sarcófago (porque mínimo quiero morir y
que me entierren al mejor estilo faraón egipcio) Alejandro vuelve y me da. Y me
calmo y vuelvo a respirar y vuelvo a vivir.
Me da lo que necesito: un llamado, un mensaje de texto, unas palabras sin
sentido o una patada en los testículos, en caso de que tuviera un par. ¿Lo que
necesito? Me da lo que quiere darme sabiendo que voy a aceptar cualquier
limosna que venga del Rey que le hice creer que es. Y entonces desaparece y necesito
y no está y no vuelve y necesito y la abstinencia de nuevo y la electricidad y
me duermo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario